viernes, 3 de diciembre de 2010

Primera nevada


Avisaron las cabras montesas buscando resguardo, pero quiso la suerte que diese esta tarde la bienvenida a las primeras nieves del otoño desde las cumbres. Como un gigantesco tsunami de hielo, el viento precipitó la tormenta de nieve, tragándose en segundos el último rodal de sol, donde yo me encontraba.


Frente al silencio, únicamente roto por el blando susurro de los copos al posarse, de las nevadas sin brisa, las tormentas de nieve y viento, como ésta, arrancan al bosque un fragor de gemidos, quejas y alaridos; cánticos de una ancestral danza de ramas y troncos que parece dar vida animal a los árboles.


Y tras la tormenta, el quejigal dorado de otoño tiende a nuestros pies, como alfombra de bienvenida, blancos jirones de nieve cuajada; inmaculados lienzos donde leer el deambular de sus habitantes.


Infalible, el zorro viejo con su paso cojo se me adelantó por la vereda. Un gavilán se zambulle en la enramada  más densa, sin que siquiera la estela de su vuelo dibuje el más leve roce en las hojas secas.
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